martes, 6 de noviembre de 2012

Lo que G. me enseñó del amor




A veces hay que creer en el príncipe azul y en los cuentos de hadas, y no cuando una mira con inquietante y vergonzosa admiración a Felipe y Letizia, por mucho que su conciencia diga ‘no’, sino cuando descubre que han pasado cuatro años y medio desde que besó a un chico y sigue observándolo dormir y oliendo sus camisas de cuadros.  Y mira que le tengo fobia a las parejas y que yo también me he dejado de depilar  y he preferido a veces echar la siesta a hacer el amor (aunque no llevaré nunca jerséis del Carrefour color salmón, ni el cutis apagado, ni el pelo lacio como si nunca me lo hubiera tintado ni cortado, ni tendré nunca un novio con las cejas depiladas) y que no, no me ha pasado de ir a una fiesta y encontrarme a Mr. Darcy  al final de la sala y que no quisiera bailar conmigo aunque se muriera de amor por mí en secreto, ni Heathcliff se ha vuelto nunca loco y ha entrado al patio de mi casa gritando: ¡Isabeeeel!¡ Isabeeel! Pero cuando GMS (estas son sus iniciales, mantendremos su anonimato porque sus amigos podrían reírse de él), un chico normal, que se olvida de nuestros aniversarios y se vuelve loco con las rubias pechugonas, me espera en su coche en un día de frío y me deja todos los libros que le pido aún sabiendo que nunca los devuelvo, me atrevo a decir que sí, que existe el amor, y que es mejor que en las novelas.